lunes, 7 de febrero de 2011

Crisis de la mediana edad


Aproximadamente entre los 40 y los 50 años es frecuente que aparezca lo que se ha dado en llamar la crisis de la mediana edad. Llegado este momento se puede intentar escapar de una realidad que no nos gusta, de ahí que los divorcios aumenten. A las mujeres se les agota el tiempo de ser madres y sueñan con tener un hijo formar una familia.

El reloj biológico señala que el tiempo de la fertilidad se acaba. Se llega a la madurez y aparece la necesidad de evaluar lo que tenemos y lo que queremos, lo que soñábamos en la adolescencia y lo que hemos conseguido en la madurez. Tenemos ante nosotros la segunda mitad de la vida. La primera ya la hemos recorrido. Comenzamos a sentir los límites del tiempo, y esto nos conduce a evaluar lo que hemos hecho y lo que queremos hacer. Según el psicoanalista Erik Erikson, en esta crisis el ser humano necesita aceptarse a sí mismo. Si lo consigue, la segunda mitad de su vida será creativa y placentera; en caso contrario, los problemas le provocarán una neurosis en la que los síntomas de la insatisfacción se llevarán gran parte de sus energías.

Esta crisis de la mediana edad es un proceso a lo largo del cual se produce un conflicto interno que hay que resolver. En este momento de la vida, la persona se enfrenta a sus viejas ilusiones para averiguar qué sucedió con lo que había soñado ser y lo que había imaginado que iba a hacer. ¿Qué síntomas son los más habituales? Los más comunes son: aburrimiento, ansiedad, depresión, aislamiento y una relación de pareja distante o llena de malestar. La crisis de la mediana edad se produce, según explican algunos expertos, porque hay que enfrentarse a la idea de que la muerte es inevitable, lo cual nos hace sentir un poco solos.

También es importante, a modo informativo, recordar brevemente algunos de los basamentos biológicos en los que se apoyaría esta llamada crisis de la mediada edad. Algunas características en el hombre y en la mujer. Respecto a la mujer, el fenómeno biológico que acompaña la crisis en estudio es conocido como menopausia. Aparecen cambios endocrinos. El ovario deja de funcionar normalmente y las hormonas sexuales, sobre todo los estrógenos, decrecen. Fisiológicamente hay atrofia genital que dificulta las relaciones sexuales, inestabilidad vasomotora con sofocos y crisis de sudoración, atrofia de los senos y pérdida de la elasticidad en la piel.

A diferencia de la menopausia femenina, que ocurre después de una repentina caída de los niveles de estrógenos, se cree que el cambio entre los hombres se debe a una pérdida gradual de la testosterona, la hormona sexual masculina más potente. En el hombre, este proceso es equivalente al de la menopausia femenina llamada andropausia. La condición puede aparecer en cualquier momento, aunque es más común entre los 45 y 50 años.

Conjuntamente con los procesos antes mencionados, suele darse que en el ámbito familiar los hijos crecen, crean sus propias familias, ambos en la pareja están preocupados cada uno por su propia crisis de la mediana edad y, por si fuera poco, a veces a esto se le suma el convertirse en abuelos. Psicológicamente la mujer reacciona de diferentes maneras: pasiva resignada o hiperactiva contrarrestando las pérdidas. En lo sexual sin embargo, para la mujer pueden darse cambios favorables: desaparece el temor al embarazo, por lo que se puede disfrutar con mayor libertad de las relaciones sexuales. Y además los modernos tratamientos con uso de estrógenos sustitutos favorecen el bienestar general al disminuir problemas vasculares y las alteraciones genitales, elevando a veces también el estado de ánimo.

En un típico caso de hombre en plena crisis de edad media vemos que éste gradualmente pierde su ímpetu, fuerza, energía y entusiasmo para la vida y para el amor. El hombre de acción se ha convertido de repente en el hombre de la inacción. Un cansancio mental y físico que lo envuelve todo desciende sobre él, a menudo sin razón aparente. Él deja de ser una persona positiva y optimista para convertirse en un sujeto negativo, pesimista y depresivo. En la casa, las relaciones familiares tienden a volverse cada vez más restringidas, y la vida y actividades sociales menguan y se marchitan. Y a esto se le suma, en muchos casos, alteraciones sexuales que pueden llegar incluso a la impotencia.

En otras épocas, una mujer de 50 años debía conformarse con el retiro y una apacible vida como abuela protectora. Hoy en día esta situación se ha revertido bastante, en gran medida por el aumento de las perspectivas de vida. Por otra parte, frente a la realidad del aumento del desempleo masculino en el país, muchas mujeres debieron comenzar a salir a la calle para sostener económicamente a la familia, lo que provocó que muchas personas del sexo femenino empezaran a trabajar bien entrada la adultez. Y de igual modo, muchas otras mujeres han decidido empezar carreras universitarias o retomar estudios que habían delegado en el pasado por dedicarse a sus hijos, ahora grandes.

Pero no todas las personas pueden reaccionar así ante una situación de crisis, y lo cierto es que a un gran número de personas estas crisis logran realmente abatirlas, mostrándolas en extremo deprimidas. Así, tienden a recordar constantemente sus fracasos, los aspectos negativos de su vida y se recrean en ellos, los agrandan, exageran y terminan proyectando esos hechos negativos, que pueden ser reales o no, hacia su vida futura. Debido a esto último terminan sintiendo gran temor por su futuro y les asusta cualquier proyecto nuevo. Piensan que volverán a fracasar. Y ante la posibilidad de volver a sufrir prefieren inhibirse, no participar, no ilusionarse. Se sienten, al final, incapaces de dirigir su propia vida.

A los individuos de mediana edad les asalta la duda de si acaso no deberían haber vivido su vida de una manera absolutamente distinta a como lo han hecho hasta hora. Y quizás aquí radique en gran parte el centro mismo del problema en estudio. Esto, claro, puede ser vivido como una apertura de posibilidades liberadoras, pero al mismo tiempo como una presión para que una y otra vez se busque el sentido a las nuevas realidades que asaltan la vida. Y tal vez entonces es ese sentido, ese que no se encuentra, el principal generador de crisis.

Por otro lado, se intenta mirar hacia la mitad de vida ya recorrida y otra mirada hacia aquella otra mitad que aún nos espera, quizá caeríamos inevitablemente en la tarea penosa de comparar aquello que soñamos, con todo el idealismo adolescente con lo que hoy hemos sabido conseguir. Y este hoy, eso que somos en la mediana edad, tal vez también tendría que ajustarse a los modelos exitosos imperantes parecer 20 años menos, tener una suculenta cuenta bancaria, un cuerpo de gimnasio, quizás incluso fama, etc.

Con estos modelos posmodernos imperantes, las posibilidades de salir airosos de un balance semejante no son muchas. Y ni hablar entonces si miramos hacia el futuro, si intentamos proyectarnos hacia el mañana, porque si en algo se caracteriza esta avasallante posmodernidad es en la ausencia de mañana. Sólo se vive el hoy, el aquí y ahora eternamente. Y el cuestionamiento que desata la gran crisis al llegar a la mitad de la vida, tal vez acontezca cuando uno se da cuenta en que sólo le queda, con suerte, otra mitad, y cuando entiende que no quiere vivir esa mitad de la misma manera. Pero el problema esta precisamente en eso: ¿Cómo vivirla entonces sin hacer un proyecto, dado que se vive en una era sin futuro? ¿Cómo encontrar un sentido compatible con esta inconcebible posmodernidad?

jueves, 3 de febrero de 2011

Miedo al ridículo


El temor a que los demás nos juzguen mal, se burlen de nosotros o nos tomen por tontos, no sólo resulta infundado, ya que la mayoría de las veces sólo está en nuestra mente, sino que además puede limitar seriamente nuestra existencia y paralizar lo mejor de nosotros: lo que surge naturalmente de nuestro interior.
Unos tienen temores a hablar con acento, otros a encontrase con gente diferente, preparada intelectualmente, o de otro nivel social, etc.

¿Qué van a pensar de mí? ¿Y si lo que voy a sugerir no tiene sentido? ¿Qué haré, donde me voy a situar, si mis ideas sólo generan risas?
Estas preguntas y este diálogo interior son habituales en quienes viven acomplejados, por el miedo al ridículo: un temor a que se rían de nosotros o a hacer algo fuera de lugar delante de los demás, lo cual genera ansiedad y dificulta las relaciones sociales.

Además de un creciente malestar, la limitación o prohibición auto-impuesta de hacer, decir o proponer cosas que puedan resultar cómicas o inadecuadas para la mentalidad de los demás, termina por cortar las alas a nuestra creatividad y espontaneidad, y en muchos casos nos obliga a renunciar a ser auténticos, a ser nosotros mismos, con nuestros defectos y virtudes.

Por eso hay que aprender a reírse de uno mismo y los demás: En la calle, los restaurante, micros, tren, la oficina, hay que fijarse en las cosas graciosas y ridículas que hace la gente que nos rodea, lo cual también es un buen antídoto contra el sentimiento de ridículo, porque todo el mundo protagoniza situaciones cómicas y extremadamente extrañas.

En lugar de sufrir un atascamiento del tráfico, hay que observar cómo los conductores se meten el dedo en la nariz, fuman como enloquecidos, gesticulan de manera extraña, hablan a los gritos con su teléfono móvil. También podemos observarnos a nosotros mismos: si nos disociamos y vemos desde fuera, podemos llegar a reírnos de situaciones que antes nos agobiaban.

El mundo sigue su curso. Todo pasa y se olvida rápidamente. La mayoría de la gente vive inmersa en su propio mundo, vida y preocupaciones, y sólo fugazmente se fija en los de los demás, retornado pronto a su propia realidad. Así que quién va a ocuparse y preocuparse por nuestras peripecias.

Lo verdaderamente ridículo, o en todo caso triste y lamentable, es vivir obsesionado por la opinión de los demás, o que nos preocupe más nuestra imagen o lo que piensan de nosotros, que lo que en realidad somos y sentimos. Hay que aprender a vivir con naturalidad y disfrutar de la vida con las personas que nos rodean.

martes, 1 de febrero de 2011

Los cambios de humor que modifican nuestras vidas


El trastorno bipolar se caracteriza por la repetición, alternancia, o la coexistencia de estados de excitación, manía o de depresión, melancolía

El elemento del que se componen los estados depresivos es la melancolía y se caracteriza por la presencia de un sentimiento continuo de desesperanza, fracaso, tristeza e incapacidad de disfrutar cualquier actividad.

Por otro lado, el elemento del que se componen los estados maniacos es la manía y se caracteriza por un estado de alegría y exuberancia, aunque su manifestación más notoria es la cólera y la violencia.

La manía es lo opuesto a la depresión aunque, en el fondo, la personalidad es esencialmente depresiva, ya que trata de negar constantemente la depresión.
Entre estas personas existe una gran tendencia hacia el consumo de drogas, alcohol o sustancias que alteran el sistema nervioso; pueden ser incapaces de obtener la satisfacción deseada y a la vez se intensifica la adicción.

Enfermedad maníaco-depresiva es la alternancia de ambos estados manía-depresión a lo largo de la vida de una persona.
En las depresiones la persona expresa un sentimiento hostil hacia su persona y en la manía expresa un extremado amor hacia sí mismo.

Tipos de trastorno bipolar:
Trastorno bipolar I:
se da en aquellos individuos que han experimentado uno o más episodios maníacos con o sin episodios de depresión mayor, la característica esencial de un episodio depresivo mayor es un período de al menos 2 semanas durante el que hay un estado de ánimo deprimido o una pérdida de interés o placer en casi todas las actividades.

Trastorno bipolar II: se caracteriza por episodios de hipomanía así como al menos un episodio de depresión mayor. Los episodios hipomaníacos no llegan a los extremos de la manía, por lo que no provocan alteraciones sociales u ocupacionales.

Ciclotimia: implica la presencia o historial de episodios hipomaníacos con periodos de depresión que no cumplen los criterios de depresión mayor, y que ocurren según un patrón cíclico. Los síntomas aparecen según un protocolo o modo conductual.

Trastorno bipolar no especificado: es un diagnóstico que se utiliza para indicar afecciones bipolares que no encajan en otras categorías diagnósticas.

El tratamiento
Para esta enfermedad la debe realizar un psiquiatra y un psicoterapeuta. El tratamiento más utilizado es con psicofármacos, que consigue regular el estado anímico de la persona de forma que pueda llevar una vida más o menos normal. En la actualidad existen nuevos tratamientos que también son efectivos para este trastorno.


Se necesita de un seguimiento tanto para el ajuste de la medicación, como por la necesidad psicoterapéutica que requiere la persona para enfrentarse a ciertos contratiempos.

El crecimiento postraumático hace referencia a la posibilidad de aprender y crecer a partir de experiencias adversas, y es un fenómeno más común de lo que en principio solía creerse. Muchas personas que han de luchar en circunstancias muy duras, logran sacar beneficios de esa lucha y hacerse más fuertes. A pesar de estar experimentando emociones negativas, como ansiedad, tristeza, etc., también experimentan emociones positivas que les ayudan a reducir sus niveles de angustia.

El crecimiento postraumático
puede reflejarse a varios niveles: cambios en uno mismo, cambios en las relaciones interpersonales y cambios en la espiritualidad y filosofía de vida. Muchas personas que afrontan una situación traumática ven aumentada la confianza en su capacidad para resistir las adversidades que puedan ocurrir en el futuro.

domingo, 30 de enero de 2011

Autoestima


Conocer qué es la autoestima, sus componentes e implicaciones para nuestro bienestar personal, se hace necesario para saber por dónde empezar a mejorarla.

¿Que es la Autoestima?
La autoestima es el sentimiento valorativo de nuestro ser, de nuestra manera de ser, de quienes somos nosotros, del conjunto de rasgos corporales, mentales y espirituales que configuran nuestra personalidad. Esta se aprende, cambia y la podemos mejorar. Es a partir de los 5-6 años cuando empezamos a formarnos un concepto de cómo nos ven nuestros mayores, padres, maestros, compañeros, amigos, etcétera y las experiencias que vamos adquiriendo. Según como se encuentre nuestra autoestima, ésta es responsable de muchos fracasos y éxitos, ya que una autoestima adecuada, vinculada a un concepto positivo de mí mismo, potenciara la capacidad de las personas para desarrollar sus habilidades y aumentará el nivel de seguridad personal, mientras que una autoestima baja enfocará a la persona hacia la derrota y el fracaso.

Baja Autoestima
Todos tenemos en el interior sentimientos no resueltos, aunque no siempre seamos conscientes de estos. Los sentimientos ocultos de dolor suelen convertirse en enojo, y con el tiempo volvemos el enojo contra nosotros mismos, dando así lugar a la depresión. Estos sentimientos pueden asumir muchas formas: odiarnos a nosotros mismos, ataques de ansiedad, repentinos cambios de humor, culpas, reacciones exageradas, hipersensibilidad, encontrar el lado negativo en situaciones positivas o sentirse impotentes y autodestructivos.

Cuando una persona no logra ser autentica se le originan los mayores sufrimientos, tales como, enfermedades psicológicas, la depresión, las neurosis y ciertos rasgos que pueden no llegar a ser patológicos pero crean una serie de insatisfacciones y situaciones de dolor, como por ejemplo, timidez, vergüenza, temores, trastornos psicosomáticos.

La autoestima es importante porque es nuestra manera de percibirnos y valorarnos como así también moldea nuestras vidas. Una persona que no tiene confianza en sí misma, ni en sus propias posibilidades, puede que sea por experiencias que así se lo han hecho sentir o por mensajes de confirmación o desconfirmación que son trasmitidos por personas importantes en la vida de ésta, que la alientan o la denigran.

Otra de las causas por las cuales las personas llegan a desvalorizarse, es por la comparación con los demás, destacando de éstos las virtudes en las que son superiores, por ejemplo: sienten que no llegan a los rendimientos que otros alcanzan; creen que su existencia no tiene una finalidad, un sentido y se sienten incapaces de otorgárselo; sus seres significativos los descalifican y la existencia se reduce a la de un ser casi sin ser. No llegan a comprender que todas las personas son diferentes, únicas e irrepetibles, por lo que se consideran menos que los demás.

La persona, va creciendo y formando su personalidad dentro del ambiente familiar, que es el principal factor que influye en la formación de la misma, ya que le incorpora a ésta los valores, reglas y costumbres que a veces suelen ser contraproducentes. Algunos de los aspectos ya mencionados son incorporados, a la familia, por medio del modelo que la sociedad nos presenta, y éste es asimilado por todos los grupos sociales. Pero, la personalidad de cada uno, no sólo se forma a través de la familia, sino también, con lo que ésta cree que los demás piensan de ella y con lo que piensa de sí misma, al salir de este ambiente y relacionarse con personas de otro grupo diferente.

La Familia
La autoestima, además es aprender a querernos y respetarnos, es algo que se construye o reconstruye por dentro. Esto depende, también, del ambiente familiar en el que estemos y los estímulos que este nos brinda. En la violencia familiar las víctimas y los victimarios poseen muy baja autoestima, ya que por un lado, la víctima es alguien al que maltratan sin que ésta pueda poner límites y no se da cuenta de que está siendo abusada. Por otro lado, los victimarios compensan lo inferior que se sienten, maltratando y abusando, en este caso, de un familiar.
Muchas de las heridas emocionales que tiene una persona, producidas en su niñez pueden causarnos trastornos psicológicos emocionales y físicos, cáncer, úlceras, hipertensión, trastornos cardíacos y alimentarios, problemas en la piel, depresiones, etc.

Produciendo dificultades en la vida de las mismas, conflictos serios en el trabajo, disminución de la energía y de la capacidad creativa, relaciones matrimoniales desastrosas, no poder hacer o conservar amigos, poco entendimiento con las hijas e hijos.
Existen padres, madres, docentes o cuidadores que humillan, desprecian, no prestan atención, se burlan o se ríen del niño/a cuando pide ayuda, siente dolor, tiene un pequeño accidente, necesita que lo defiendan, expresan miedo, piden compañía, se aferra buscando protección, tiene vergüenza, etc.. Estas actitudes se completan con otras totalmente opuesta, demostrándole al niño que es querido y bonito creándole una gran confusión. Pero estas muestras de cariño son aparentes, adjudicándole un rotulo a su identidad, que trae como consecuencia un peso negativo en formación y en el desarrollo de sus capacidades.

En el momento en que la persona afectada es adulta, transmitirá la humillación o el maltrato a personas más pequeñas o vulnerables. Es una cadena hereditaria de abuso y poder, ya que el desprecio y la vergüenza vivida en la infancia son la fuente de los problemas que afectan en la vida adulta y los causantes de la baja autoestima.

Toda persona tiene en su interior sentimientos, que según su personalidad puede manifestarlos de diferentes maneras. Muchas veces estas manifestaciones dependen de otros factores, según el lugar físico, sentimental y emocional, éstos pueden influir positiva o negativamente en la formación de la persona o sea en la Autoestima.

Algo importante de destacar es que la Autoestima es una enfermedad que se puede curar, pero solo es posible cuando la víctima, es decir el enfermo de una Autoestima Baja, toma consciencia y asiste a psicólogos para pedirle su ayuda como así también necesita la ayuda de sus más allegados.

"El éxito mas grande es la aceptación de uno mismo." (Ben Sweet).

jueves, 27 de enero de 2011

Resentimiento


El resentimiento es un dolor moral que se produce como consecuencia de una ofensa. La persona que lo sufre no logra olvidar esa ofensa, de manera que lo vuelve a sentir una y otra vez. Este sentimiento va acompañado de rencor y hostilidad hacia quienes causaron el daño. La ofensa puede producirse de diversas formas: como un hecho que alguien realiza contra uno, un descrédito personal, un desprestigio profesional, una agresión o una calumnia, o bien en forma de omisión, que es una ofensa más sutil pero también muy dañina, como no recibir la invitación que esperaba, la falta de reconocimiento por un trabajo bien hecho o cuando alguien no recibe muestras de amistad por un determinado grupo de personas o un amigo.

Sentimientos de la persona resentida:
Cuando el resentido no desea olvidar, está continuamente recordando aquello que dio origen a ese sentimiento, queda esclavizado a su pasado y no logrará liberarse de esa gran carga que es el resentimiento. La persona resentida se siente dolida y ofendida por el trato injusto que ha recibido de determinadas personas o por los acontecimientos desfavorables que han surgido hacia ella en un momento determinado. En tal caso, podemos hablar de un resentimiento comprensivo, es decir, tiene sentido que esta persona se sienta molesta con las personas o circunstancias que le causaron esa ofensa y que reviva ese malestar ante ese recuerdo. Los sentimientos de envidia y celos son frecuentes en algunas personas resentidas que consideran que la vida es injusta con ellas. No llegan a entender cómo otros consiguen con cierta facilidad, aquello por lo que ellas a pesar de haber luchado tanto, no logran conseguir. El resentido desea vengarse de aquel que lo ha ofendido o le ha causado algún daño justa o injustamente. Considera que esa persona tarde o temprano tendrá que pagar por el daño causado y desea realizar una acción semejante a la recibida. En este caso, el resentimiento va naciendo y puede obsesionar de tal forma que acompañe durante muchos años o incluso a lo largo de toda una vida. Cuando ese sentimiento se ha instalado en alguien firmemente, le amarga la vida y hace que se la amargue a los demás. Se convierte en una persona rencorosa y desagradable, incapaz de ver lo bueno de las cosas y con una gran fijación hacia las personas contra quienes guarda resentimiento.

Unas de las formas para superarlo:
Lo primero que tenemos que hacer para liberarnos de este sentimiento es entender la naturaleza de la ofensa: de quién procede, qué consecuencias puede tener en nosotros, por qué lo hizo y si había intención de ofender. Así podremos analizar con objetividad lo ocurrido. Muchas veces exageramos lo sucedido o imaginamos actitudes y hechos que no corresponden con lo que en un principio pudimos pensar. Debemos aprender a superar el sufrimiento y las ofensas mirando hacia el futuro. No podemos quedarnos atrapados en el pasado, recordando continuamente a aquellos que tanto sufrimiento nos causaron o aquellas circunstancias o hechos que nos produjeron tanto dolor. Hay que pasar página y mirar de forma positiva hacia el futuro. El perdón nos libera de la pesada carga en la que se puede convertir el resentimiento. Aceptar lo que pasó, aunque no estemos de acuerdo con lo que sucedió, y dejar de lado los pensamientos negativos que nos causaron dolor es la mejor solución para superarlo. Este sentimiento se puede superar por la voluntad y la inteligencia de la persona que lo sufre. Para ello, es necesario un carácter firme y un dominio de las emociones, de tal forma que no permitamos que arraigue en nuestro interior. Debemos realizar un esfuerzo para conducir este sentimiento hacia pensamientos más positivos. También hay que buscar razones para evitarlo, tales como que la persona resentida es una persona amargada y obsesionada, que puede estar padeciendo por un acontecimiento u ofensa que el otro ya ni recuerda; que el resentimiento es un veneno que destruye por dentro y que rara vez sacia la sed de venganza o que al final se convierten en personas encerradas en sí mismas, cuyo única meta es la venganza. Para superarlo, es muy importante admitir que existe en nosotros y, una vez reconocido, debemos tener el firme propósito de liberarnos de él.
"No dejes que se muera el sol sin que hayan muerto tus rencores." Mahatma Gandhi

domingo, 23 de enero de 2011

Crisis existencial


La crisis existencial es un fuerte desarreglo de la vida, lo que estaba en su lugar (o en un lugar conocido) deja de estarlo. El rompecabezas que hasta ese momento mantenía la sensación de coherencia como ser humano se desparrama, y se observa, a veces con horror, todas esas piezas fuera de lugar, sin atinar a qué hacer ni por donde empezar.Aunque la vivencia de crisis es difícil de esquematizar, se la puede reconocer desde algunos aspectos:

Desconexión: La persona se desconecta básicamente de la vida, de sí misma, de los demás y del mundo. Es un movimiento centrípeto, hacia adentro, implosivo. Se recoge en sí y se aísla.

Pérdida del sentido de vida: sin razón para qué vivir, para qué despertar, trabajar, comunicarse, planear, etc. En esos momentos la persona ansía desaparecer, permanecer dormida, y hasta morir. Es incapaz de sufrir su experiencia con sentido, para responder a lo que le está sucediendo. No cuenta consigo misma para vivir la situación, no siente compasión por sí misma, contrariamente hay un profundo enojo hacia sí mismo, y frecuentemente deseos de castigarse. Esta situación nos deja desamparados ya que nadie puede sacarnos de la crisis más que ella misma, pero en ese momento no hay motivación para ello.

Culpa: Frankl, neurólogo y psiquiatra austriaco; dice certeramente que la persona neurótica tiene dos problemas: se siente mal, y se siente mal de sentirse mal. Frecuentemente entra en sentimientos de culpa por no poder darles a los demás lo que quisiera.

Crisis significa ruptura, cambio, mutación del desarrollo de un proceso, que puede ser físico, psíquico, espiritual o histórico; marca el fin de lo viejo y el principio de algo nuevo.
Las crisis personales son dolorosas pero es la posibilidad que nos brinda la vida para crecer.

El dolor es parte de la vida pero se prefiere evitarlo y pocos son los que pueden ver lo bueno de lo malo, vislumbrar la posibilidad del cambio y del crecimiento y descubrir nuevos aspectos de si mismos.

El dolor exige aceptación para poder superarlo, tiempo para asimilarlo y poder integrarlo y la capacidad para aprender de ello.
La experiencia del dolor en una crisis es intransferible y absolutamente personal, una vivencia íntima imposible de compartir con otro; sin embargo el apoyo de otros puede acelerar el proceso de aceptación y la posibilidad de cambio.

El dolor fortalece y permite distinguir los verdaderos valores; porque a veces se transita por la vida como si se estuviera anestesiado, sin poder disfrutar de nada de lo que se ha logrado y sólo una crisis y el dolor que conlleva permite tomar conciencia del valor que tienen las personas que están alrededor.

Las crisis son los momentos de caos que tiene el orden cotidiano, que son necesarios para mejorar y darse cuenta que estar cómodo girando siempre en círculo no es lo mejor, que lo mejor es avanzar, aprender a despedirse de lo viejo y enfrentar lo nuevo.

jueves, 20 de enero de 2011

Quitarnos las mascaras


En las vacaciones descansamos del estrés, del tráfico y del trabajo, pero los quiero invitar a descansar y quitarnos para siempre las mascaras.

A veces nos ponemos mascaras para sentirnos aceptados. Tenemos varias de ellas: la del trabajo, la de papá responsable o mamá permisiva, la de persona culta, la de las fiestas, la de los funerales y muchas más. Todas son producto de nuestra cultura, de la etiqueta preestablecida y de nuestra propia red de defensa psicológica.

Disciplinamos nuestro cuerpo y cara para esconderse tras esas rígidas mascaras y así ocultamos al ser humano. Las mascaras nos dan seguridad y nos resistimos a quitárnoslas aun cuando sentimos que seria bueno hacerlo. Protegidos por ellas, podemos vivir en una permanente soledad emocional; llena de secretos, de temor a ser descubiertos, a ser rechazados, juzgados, condenados o a hacer el ridículo.

Lo que quizás no hemos descubierto es la sensación de libertad, de levedad y de autenticidad interior que podemos obtener si nos atrevemos a quitárnosla. Si lo hacemos, lograremos proyectar el atractivo que tiene una persona que se muestra tal como es, que abre su corazón y que expresa sus emociones sin temor a ser juzgada.

Cuando revelamos ante los otros nuestro verdadero yo, se reduce la tensión que proviene de querer parecer alguien que no somos. Surge, por ende, el carisma. Además, el hecho de abrirnos genera el lazo que mantiene unida una amistad verdadera.

A veces dejamos caer la mascara sin darnos cuenta: cuando estamos frente a los niños, a la gente que trabaja con nosotros o con alguien con quien tenemos una relación íntima. También cuando estamos cansados o deprimidos, o cuando algo nos apasiona, nos olvidamos de ella porque nos cuesta trabajo mantenerla puesta.

Observe las caras de las personas que están comprando en una shopping en un día de liquidación. Vea la cara de quien este embebido en un libro, de quien baila sintiendo la música, de un deportista en una competencia, de las personas que se juntan para ayudarse unas a otras y de los asistentes a una boda o a un funeral. Entonces veremos caras verdaderas.

¿Por que tenemos tanto miedo a mostrarnos? Abrir nuestro interior a la luz del día, por supuesto, es difícil. Si nos vamos a conocer, tenemos que estar dispuestos a compartir los miedos, enojos, que parecen disminuirme como persona. Y eso nos aterra.

Sin embargo, si nos aislamos, guardando nuestros secretos y nuestras emociones, sucede una extraña sensación interna que con el tiempo se convierte en una mochila muy pesada y eventualmente nos destruye.

Según el psicólogo John Powell, tenemos miedo a bajar la mascara por varias razones: miedo a la intimidad, miedo a la separación, miedo a la fusión, miedo al rechazo y miedo a la responsabilidad.

Nos da miedo la intimidad; Miedo a mostrar nuestro lado vulnerable, el lado oscuro. Por lo tanto, evitamos comunicarnos íntimamente.A otros les da miedo la separación. No quiero acercarme mucho a ti porque, quizá, después me dejes y eso me puede lastimar.Otros tememos la fusión. Si comparto todo con la otra persona pierdo mi intimidad, pierdo mi espacio, miedo a hacer invadido.

Miedo al rechazo; Que la otra persona nos conozca sin producción, a cara lavada, con defectos y virtudes, tal cual somos, nos angustia no ser del agrado de la otra persona.

Por último, existe el miedo a la responsabilidad. Si me acerco mucho, me involucro a fondo, y eso me obliga a estar cuando me necesites. No estoy dispuesto al compromiso.Con estos miedos, disfrazamos nuestro verdadero yo.
Disfrazamos uno de nuestros más fuertes y grandes atractivos: el encanto natural de uno mismo.

El secreto para evitar la soledad emocional y lograr la aceptación de los demás, paradójicamente, está en quitarnos las máscaras, de esta manera asumimos los riesgos y nos mostramos tal como somos, auténticos.

Cada vez que me pongo una máscara, lo hago para tapar mi realidad fingiendo ser lo que no soy.

Lo hago para atraer a la gente; luego descubro que sólo atraigo a otros enmascarados y alejo a los demás, debido a un estorbo: la máscara.

Cada vez que me pongo una máscara lo hago para evitar que la gente vea mis debilidades, luego descubro que como no ven mi humanidad; y al no ver lo que soy: sólo ven a la máscara.

Cada vez que me pongo una máscara lo hago para preservar mis amistades; luego descubro que cuando pierdo un amigo por no haber sido auténtico, es que realmente no era amigo mío, sino de la máscara.

Cada vez que me pongo una máscara lo hago para evitar ofender a alguien y ser diplomático; luego descubro que aquello que ofende a las personas con quien quiero intimar, es la máscara.

Cada vez que me pongo una máscara lo hago convencido que es lo mejor que puedo hacer para ser amado, luego descubro la gran paradoja… Lo que más deseo lograr con mi máscara, es precisamente lo que impido con ella.

(El autor de este texto es Gilbert Brenson)