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martes, 8 de junio de 2010

El Narcisismo de Kohut


Heinz Kohut (1913-1981), psiquiatría y psicoanalista norteamericano

Formas y transformaciones del narcisismo en Kohut
El narcisismo, en tanto carga libidinal del self, no es por ser ni nociva ni patológica, aunque al haber sido conceptualizada así, ha llevado a los analistas a reemplazarla por el amor objetal.

Kohut, tiende a promover un narcisismo transformado. La antitesis del narcisismo es el amor objetal.
Control y transformación del narcisismo.
Hay una serie de adquisiciones yoicas, que aunque genética y dinámicamente relacionadas con los impulsos narcisistas de los que reciben su energía están muy alejadas de las estructuras narcisistas preformadas de la personalidad y por lo tanto deben evaluarse como logros yoicos, aptitudes y logros de la personalidad. La creatividad, la empatia, la capacidad de aceptar la propia muerte y la sabiduría.

La creatividad

La empatia: es el medio por el cual se reúnen datos psicológicos acerca de las personas, cuando estas dicen que piensan o siente, permite imaginar la experiencia interna aunque la misma no sea susceptible de observación directa. Por medio de la empatia tratamos de discernir complejas configuraciones psicológicas que solo podríamos definir mediante la trabajosa presentación de una multitud de detalles. El fundamento de nuestra capacidad para lograr el acceso a la mente de otro tiene su origen en nuestra temprana organización mental.

Reconocimiento de la finitud: La característica, que describe como la capacidad de comprender al otro con una sola mirada o percepción. Desde otra perspectiva podemos pensarla como el ponerse en el lugar del otro y poder entender desde allí como piensa. Lo que mucha gente denomina intuición no es más que esa capacidad empática de conocer la perspectiva del otro. Lo importante en este caso es la posibilidad de desarrollar nuevos puntos de vista acerca de nuestras relaciones con los otros y con nosotros mismos que nos permitan entender y entendernos mejor sin tantas ideas preconcebidas y prejuicios acerca de cómo se debe ser.

El sentido del humor: es uno de los modos en que un sujeto puede superar su temor a la muerte. El humor tiene algo de liberador y es un triunfo sobre el narcisismo. De esta manera, el narcisismo cósmico como el sentido del humor, constituyen transformaciones del narcisismo que ayudan al hombre a alcanzar un dominio sobre el self narcisista tolerando la muerte. Ambos conceptos nos permiten enfrentar la muerte sin tener que recurrir a la negación ya que no están basados en un retiro de cargas del self narcisista por medio de una frenética híper carga de los objetos, sino en el retiro de carga del self a través de una reorganización y transformación de libido narcisista, quedando activo y con deseos.

La sabiduría: se logra a través de la transformación del narcisismo no modificado y se basa en su aceptación de las limitaciones de los poderes físicos, intelectuales y emocionales. Deben combinarse el sentido del humor, la aceptación de la muerte y los ideales de trascendencia para posibilitar la sabiduría. Se la puede definir como una actitud estable de la personalidad frente a la vida y al mundo mediante el humor, la aceptación de la finitud y un sistema de valores consistente. Los ideales son propios de la juventud, el humor se termina de alcanzar con la adultez y la aceptación de la muerte con la vejez, lo cual da como resultado que este sea un logro en esta etapa de la vida. La esencia de este logro es un abandono total de los delirios narcisitos incluyendo la aceptación de la muerte sin que esto nos deje sin deseo. La sabiduría se caracteriza también por mantener las cargas libidinales y por la expansión creadora. El dominio final del yo sobre el self narcisista, el control final del jinete sobre su montura con un caballo envejecido.

jueves, 13 de mayo de 2010

Vientos de Cambios


No podemos quedarnos quietos si sabemos que un cambio nos permitiría ser más coherentes, más eficaces y más felices.

Como respuesta a circunstancias externas, o por reflexiones vinculadas a nuestra evolución personal, en ocasiones nos planteamos la necesidad de tomar decisiones que suponen cambios drásticos en nuestra manera de pensar o actuar. Somos animales de costumbres y tendemos a responder del mismo modo ante estímulos similares, pero a la vez tenemos capacidad para reaccionar de modo distinto al habitual, ya sea porque el entorno nos exige en ese momento respuestas distintas, más adecuadas a la situación o más conformes a nuestra manera de ver las cosas porque queremos mejorar como personas y vivir mas plenamente.

Los cambios surgen cuando sobrevienen circunstancias distintas de las habituales, porque son las que con mayor probabilidad pueden conducirnos a la necesidad de plantearnos una modificación de nuestro patrón de conducta. Una conversación sincera y dolorosa con un amigo de toda la vida, la ruptura de una larga relación de pareja, el nacimiento de un hijo, un proceso introspectivo que nos confirma la necesidad de cambiar, el traslado a otro país o ciudad, la muerte inesperada de un ser querido, la visita al psicólogo, los hijos que se van de casa, la primera experiencia laboral, una enfermedad, la jubilación, son muchos los factores que favorecen que pongamos en cuestión algunas de nuestras convicciones o costumbres.

Para crecer como personas, para madurar, para mantener un equilibrio emocional que nos permita responder a las exigencias del entorno, debemos cambiar permanentemente. No podemos quedarnos parados ni decir "soy así, qué le vamos a hacer", si sabemos o intuimos que un cambio nos permitiría ser más coherentes, más eficaces y más felices.

Nuestra historia personal demuestra que como entes pensantes y sensibles que somos, cambiamos y evolucionamos cada día. Y esa es una de las emociones que nos depara la vida: comprobar cómo nos vamos adaptando, cómo vamos interactuando con el entorno. Cada nueva situación exige una respuesta específica que extraemos de nuestro interior tras remover, intuitiva o premeditadamente, nuestra experiencia y nuestra manera de pensar tras recibir la influencia de quienes nos quieren y nos rodean.

Se trata de tomar el timón de nuestro barco, de pilotear hacia donde queremos y podemos, y no hacia donde nos lleva la corriente o un viejo mapa que no incluye la información necesaria para una navegación óptima.

Las personas que han conseguido realizar grandes y satisfactorios cambios en su vida, lo han hecho a costa de romper hábitos y creencias, suyas o ajenas, que les impedían evolucionar en la dirección deseada. Es frecuente que la idea motora del cambio sea una obsesión o una convicción profunda que permanecía dormida esperando el momento para emerger. Pero no siempre es así. La creatividad de la psique humana es insondable, y una persona pensando y reflexionando puede llegar muy lejos si se lo propone.

Nuestra vida y nuestra personalidad las vamos construyendo cada día, y un asunto tan esencial no podemos dejarlo en manos del azar ni de la voluntad de otras personas.

Reflexionemos sobre lo que no "nos gusta" de cómo somos.

Escribamos una lista de cosas a mejorar, comenzando por las importantes.

Permanezcamos atentos a lo que nos pasa. Cada situación requiere una respuesta específica; cada deseo y cada sueño, también.

Analicemos las situaciones nuevas y estudiemos las ventajas e inconvenientes de las decisiones que podemos adoptar ante ellas.

Una vez meditada suficientemente la decisión, si decidimos cambiar, hagámoslo.

Escuchemos a quienes se oponen, pero decidamos en libertad.

El miedo al cambio siempre acecha; prestemos atención a los pensamientos constructivos y positivos, no a los negativos.

Si estamos convencidos de la necesidad del cambio y no nos vemos capaces de hacerlo solos, solicitemos ayuda a profesionales en psicología.

Seamos conscientes de que un cambio de rutinas o de manera de pensar supone un esfuerzo y entraña algún riesgo emocional.

martes, 29 de diciembre de 2009

La vejez


A medida que transcurre la vida, el ser humano atraviesa diversas etapas niñez, adolescencia, adultez en forma sistemática y cada una de ella va dejando huellas, psíquicas y físicas.

La clave en esta secuencia
se halla en el paso del tiempo, variable central de todos nuestros cambios en la vida. Nuestro organismo es una compleja maquinaria de relojería, responsable del ciclo de funciones tales como, sístole-diástole, inspiración/expiración, sueño/vigilia, peristaltismo intestinal, menstruaciones, hibernaciones y demás.

Sin embargo, el organismo solo “mide” el tiempo, pero no lo crea ni lo explica.
El tiempo es implacable, parecería caminar lento, pero cuando nos damos cuenta, se nos ha pasado la vida, el tiempo voló y nuestro espacio de vida, se fue para siempre.

Los chinos dicen que el secreto de la victoria es saber de antemano, esto es, en la vida hay que prever o lo que es lo mismo, ver antes de que ocurran los hechos. Si nos entrenaran desde niños en este arte, estoy segura, nos ahorraríamos muchos problemas en la vida.

La forma de medir el tiempo varía de acuerdo a la etapa de nuestra vida, para el niño el tiempo pasa lento, parece que no avanza, mientras que para el viejo, va demasiado rápido.

Nuestra mente guarda en los casilleros de la memoria, todos los hechos que ocurren en nuestro alrededor, es un registro inconsciente y conforma el bagaje de la experiencia. La vejez o senectud, es una etapa de la vida, que va desde el momento en que el organismo cesa de reproducirse, hasta que muere.

La senilidad nos ocasiona mala vista, articulaciones esclerosadas, corazones infartados, glándulas atrofiadas, dentadura estropeada y sistemas inmunitarios que ya no pueden evitar que los microorganismos nos invadan y desencadenen infecciones grave.
Sin embargo, lo más estresante son los impactos psicológicos: desengaños, frustraciones, decepciones, traiciones, envidia, celos, desengaños y lo más triste de todo, es que ni los recursos tecnológicos actuales, no lograrán evitar nuestra muerte.

Y así la vejez es la suma de la senectud biológica y de las consecuencias psíquicas, del percatarse de que la muerte se va acercando.

Se da de maneras diferentes en los distintos sujetos y está ligada a la forma en que se había encarado previamente la vida, el trabajo, las relaciones emocionales y los intereses.
El adulto que envejece se ve forzado a encarar la incertidumbre profesional y social, la variabilidad o desaparición de los afectos y la fragilidad de las relaciones con sus semejantes. En la vejez disminuye significativamente la capacidad física, se pierde el trabajo, la posición económica, mueren amigos y familiares, pérdidas que se viven con gran dramatismo, el tiempo subjetivo se acorta sensiblemente, sobre todo en los periodos largos como estaciones o años, hay conciencia de una mayor cercanía de la muerte.

No sólo se es viejo, sino que además se siente uno viejo, lo tratan como a un viejo y ve que sus contemporáneos mueren porque son viejos.

La vejez satisfactoria depende de mantener un modo de amar y crear, de guardar cierta imagen de sí mismo, de ser capaz de gozar de la existencia a pesar de los sufrimientos que ocasionan las separaciones y los golpes al narcisismo: el ser humano se enfrenta con la ambivalencia entre el deseo de vivir y la tendencia a abandonarse y dejarse morir.

Cuidarse suprimiendo todo lo agradable (sexualidad, comida, bebida) tal vez baje el colesterol y los triglicéridos, pero también baja el entusiasmo por la vida.
Actualmente se pone mucho énfasis en la “felicidad” y así se mide cuan felices son unas pocas naciones en el planeta y cuan infelices son la mayoría de habitantes en los países subdesarrollados. Últimos estudios muestran que las respuestas están muy poco relacionadas con la edad, el nivel social, el estado civil e incluso el estado económico.

El sentirse, feliz o no, está más bien ligado a un estado subjetivo. Lo que sí se ha comprobado es que las personas infelices, o que así se sienten, tienen una susceptibilidad mucho mayor a enfermedades y el curso de estas suele ser más largo y menos satisfactorio. De modo que existe una correlación muy clara entre felicidad y duración de la vida.

Si nuestra angustia por la muerte es enfermante, entonces refugiarse en el bálsamo de alguna religión lograr la paz. Sin duda, envejecer bien, es un arte, que debería ser enseñado desde la infancia. Una vejez con salud y sin discapacidad, no se construye desde los 50 años en adelante, sino desde la infancia.

lunes, 2 de noviembre de 2009

La Tanatologia


La muerte ha estado presente en nuestras vidas desde hace millones de años. Es un tema límite y tabú que nos sorprende y aparece intempestivamente. Nos enfrentamos a ella con negación y resistencia; desde lo contra transferencial surgen mis propios miedos, y una especie de defensión maníaca al pensar en ella.

Hablar de Tanatologia es necesariamente referirse a la muerte y remontarnos a su etimología griega: Tánatos, era la personificación de la muerte no violenta, su venir era suave, como el de su hermano gemelo Hipnos, referirme al origen o historia del término, hacer una aproximación de la Tanatologia a la clínica de hoy, desde la pulsión de vida.

En lo contra-transferencial, percibía que en mi familia había dos temas innombrables: uno era el aborto y el otro la muerte. Esto no se permitía, ni siquiera por acto fallido; hay una sensación de que también la psicología hace sus acting out frente al tema, tal vez porque independiente del momento histórico en que vivamos la muerte siempre será el fin de nuestro ser y nuestra identidad desde el imaginario social.

En la sociedad de hoy, se ha avanzado significativamente en lo relacionado con los pacientes terminales. Por un lado el aporte de la ciencia médica y por otro la terapia del dolor. Sin embargo, pareciera que ambas no dan abasto en los cuidados paliativos del enfermo en su fase final. La Tanatologia como rama de la medicina se preocupa de los procesos relacionados con la muerte, por medio de un equipo interdisciplinario, asiste al paciente y a su familia antes, durante y después de la muerte del paciente, en esta última etapa, apoya a los familiares en la elaboración del duelo.

La Tanatologia ha hecho que resurja el interés y respeto por la muerte, su praxis se centra en la calidad de vida del enfermo, desde que se declara la enfermedad incurable hasta el último minuto de vida, trabajando con el paciente y sus conflictos, su transición a la muerte, sus sufrimientos y sus deseos. Esta disciplina está orientada a establecer entre el paciente terminal, su familia y el personal medico un vínculo de confianza y esperanza con la finalidad de que el enfermo tenga una muerte adecuada y digna. Una de las tareas nobles de la Tanatologia es la de darle un significado a la muerte desde la subjetividad del paciente, desde el ideal del ego de éste, mostrándole que la muerte puede ser un agente de cambio en lo que quede de vida.

Según la Tanatologia los pacientes que padecen una enfermedad terminal, pasan por cinco estadios antes de morir:
1) Rechazo y aislamiento
2) Cólera
3) Negación
4) Depresión
5) Aceptación.

Es aquí donde más sentido cobra la labor del psicoanalista y su praxis, ofreciendo al paciente un acompañamiento compasivo, comprendiendo que este sujeto necesita desprenderse de sus culpas, sus conflictos y de su sociedad que no lo preparó para vivir desde lo espiritual sino desde lo corpóreo.

El analista puede mostrar a su paciente que es capaz de resignificar su sufrimiento y rearmar su biografía a partir de ese quiebre físico, emocional y psíquico que implica saberse como sujeto terminal, que no quiere renunciar al cuerpo ni la búsqueda frenética de lo que ya tiene y que siente la falta de lo que no podrá realizar. Ojala pudiéramos comprender al enfermo terminal, reconociendo a ese otro que existe escindido entre la dualidad de morir y vivir, sucumbir y trascender, sufrir y sublimar, poseer y desapegarse. Cómo no sentirse afectado en la práctica clínica frente a un paciente moribundo.

Freud se movilizó frente al tema cuando en el siglo XIX habla de muerte, como algo que no puede ser representado en lo inconsciente, algo que probablemente nunca se elaborará completamente. Más aún, al autoanalizarse descubre cómo la muerte constituye una nebulosa en su psiquis. Entonces es necesario trabajar con el individuo en su posición de sujeto terminal, entendiendo la ecuación patológica sociedad-hombre-vida, donde la muerte queda fuera del mundo cotidiano, real, y el sujeto le teme a la muerte igual como le teme a la vida. Es necesario vivir y morir un poco cada día, recuperar en lo que quede de vida el deseo de encontrar las posibilidades en ellos mismos, todo lo que buscan los pacientes en el mundo externo lo encontrarán en su Yo vívido desde el amor, en un alter que muere para la sociedad y no para si mismo.

El paciente necesita vivir su proceso de muerte, no explicárselo. La palabra carece de sentido dando paso a la experiencia subjetiva, entonces, se asume con dignidad la tarea última y más importante: morir.
Probablemente hay dos cosas que un paciente terminal no necesita recuperar: su narcisismo y sus mecanismos de defensa. Ya no va a andar por la vida agradando a otros y menos retando a la propia muerte diciéndole que no le va a ganar. El cuerpo del paciente se prepara para el momento final al igual que el psiquismo; es casi un escenario de ensayo y error.

Encontrarse con pacientes irreverentes, coléricos e intransigentes y esto tiene sentido, la muerte les está poniendo límites que el yo y sus defensas no pueden tolerar, por eso hay que entender sus descargas y hablar hasta el cansancio de la muerte con el paciente y sus familiares.

La Tanatologia en la psicoterapia probablemente ayude al sujeto terminal, a desprenderse de la explicación del por qué nos toca la muerte, para dar lugar al para qué nos toca la muerte.
Es quizás en ese momento cuando acepta su vida verdadera, sin máscaras., sin defensas ni resistencias: ya no hay dualidades por lo tanto desaparece el conflicto, vida y muerte son lo mismo al igual que amor y odio.

Es necesario, humano y profesional, saber qué es para el analista la muerte, cómo siente, piensa y actúa frente a ella desde lo real, desde esa falta de la que habló Lacan, sin recurrir a la palabra o al lenguaje, invocando al Yo que también sufre, que se afecta, que es sensible, compasivo y amoroso frente a un otro que le antecede en este viaje desconocido.
Hablar de la muerte con los pacientes no terminales también, sobretodo con ellos; se debe mostrarles que sus deseos no pueden quedarse en interpretaciones oníricas, que pueden vivir su alquimia en la vida, en el amor; esta es la única vida que conocemos en lo consciente, por eso hemos de buscar en el análisis de lo inconsciente aquello más deseado para poder cumplirlo en el aquí y el ahora.

A los pacientes: no esperen estar en la posición de muerte, para comenzar a vivir.