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martes, 19 de enero de 2010

Citas sobre la paz


“La justicia se defiende con la razón y no con las armas. No se pierde nada con la paz y puede perderse todo con la guerra.” Juan XXIII

“La violencia y las armas no pueden resolver nunca los problemas de los hombres; antes los agravan.” Juan XXIII

“Que nadie se haga ilusiones de que la simple ausencia de conflictos, aun siendo tan deseada, sea sinónimo de una paz verdadera. No hay verdadera paz si no viene acompañada de equidad, verdad, justicia y solidaridad.” Juan Pablo II

“Todo asesinato o daño cometido contra otro o inflingido a un semejante, -no importa por qué causa-, es un crimen contra la humanidad.” Gandhi

“Un ser humano, cualquier ser humano, vale más que una bandera, cualquier bandera.” Eduardo Chillida

“Una onza de paz vale más que una libra de victoria.” Roberto Belarmino

“No hay camino para la paz, la paz es el camino.” Gandhi

“Si queremos un mundo de paz y de justicia hay que poner decididamente la inteligencia al servicio del amor.” Antoine de Saint-Exupéry

“Hay algo tan necesario como el pan de cada día, y es la paz de cada día; la paz sin la cual, el mismo pan es amargo.” Amado Nervo

"No podemos resolver los problemas ni llegar a la paz, con la misma forma de pensar que teníamos cuando los problemas se crearon." Albert Einstein

“Cuando el poder del amor sea más grande que el amor al poder, el mundo conocerá la paz.” Jimi Hendrix

Mi deseo es que este año se ablande los corazones de todos quienes tienen en sus manos acabar con los conflictos del mundo y sus inteligencias se iluminen de modo que decidan ir por el camino de la paz, incluyendo nuestros gobernantes.

miércoles, 13 de enero de 2010

El Impulso Dionisiaco


Existe en el fondo de la persona un impulso primordial, de naturaleza biológica. Este gran impulso es el que mueve toda la estructura psicológica, y por eso le concede carácter. Nietzsche simbolizó este impulso en el viejo mito dionisiaco.

Dionysos es la fuerza creadora e impulsora de la cultura humana. Dionisio simboliza el instinto de la persona humana elevada a mito. Una muestra de la gran zona de contacto entre Nietzsche y Freud. Ambos, frente a la vieja concepción psicológica del hombre, gris y anodina, rasgan el velo y le muestran en toda su primaria elementalidad.

Antes de Nietzsche el arquetipo de la persona humana era armónico. Los griegos suponían que el ideal del hombre se hallaba en lograr una mezcla adecuada en el temperamento. Ni demasiada humedad, ni demasiado calor, etc. Este ideal armónico de la persona persistió en el cristianismo en otra forma. El cristiano sabe que el hombre es una especie de corriente presta a desbordarse; tiene que contenerla, y en eso le ayuda el cultivo de sus virtudes. Dejando aparte la ayuda de Dios, en el plano puramente humano, el ser cristiano se halla formado por las virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza.

Un punto importante en la psicología de Nietzsche es su eco darwinista. En el fondo, tanto en Darwin como en él, alienta la idea del progreso indefinido, en cuya entraña late un sentimiento optimista. El optimismo le llevó a la concepción del superhombre. Frente al pesimismo de Schopenhauer, con su necesidad de salvación, y frente al mismo ideal artístico que Nietzsche ve plasmado en la personalidad de Wagner, se levanta la voluntad de vivir. En la lucha por la existencia mueren los débiles.

Su análisis del modo como enmascaramos nuestro modo de ser ante nosotros mismos ha quedado como adquisición definitiva en la psicología. De los demás estamos demasiado distantes y de nosotros mismos demasiado próximos para tener la necesaria perspectiva. En el juicio que hacemos sobre nosotros mismos intervienen directamente las sugerencias que nos hacen los demás, lo cual es una especie de cobardía. El juicio lleva implícita una decisión: hay quien está siempre descontento de sí mismo y, por tanto, dispuesto siempre a encolerizarse contra los demás.

Para la vida en común es imprescindible una especie de autosatisfacción personal; de este modo se evitan los impulsos de la cólera. Véase aquí la tremenda paradoja nietzscheana: el hombre bueno, amable con sus semejantes, es el que carece de humildad. La falta de una virtud íntima se convierte en una virtud social. El tú antes que el yo, la gran verdad nietzscheana, se encuentra aquí trasvasado al plano ético de las relaciones del hombre con la comunidad.

Psicológicamente, es cierto que el yo se descubre por contraste con el tú: apenas puede hablarse de una anterioridad en el tiempo. Esta misma mezcla genética es la que a su vez engendra en el hombre el sentimiento de comunidad. Pero la participación en la comunidad no se hace sólo a través del cendal negativo del aparecer. Existe una comunicación activa y cordial. El ser necesita del otro ser, y ambos participan en la gran comunión de los sentimientos.