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lunes, 20 de septiembre de 2010

La psicología en la Kabbalah


Jung, Freud y la psicología en la Kabbalah

Cuando los griegos entraron en contacto con civilizaciones orientales más antiguas se produjo una transformación cultural: la fusión de la inteligencia racional con la experiencia filosófica oriental. El impacto de esta interacción estimuló tanto la visión cosmológica como la psicológica, en la medida en que los griegos empezaron a examinar sus mitos y obtener, como resultado, una explicación de la estructura y la dinámica del macrocosmos y el microcosmos del universo y la humanidad. En un nivel más detallado, empezaron a identificar las distintas funciones tanto del cuerpo como de la psique, correspondientes a los niveles vegetal, animal y humano de la persona.

La aceptación plena tuvo lugar cuando la Kabbalah salió de su aislamiento tradicional como contraparte de la lógica filosófica. En este enfrentamiento entre la razón y la revelación se examinó a fondo la naturaleza de la psique.

Más tarde, en el Renacimiento, las mentes inquisitivas abordaron el tema con una nueva mirada. En sus observaciones, y en una época donde imperaba la lucha por el poder, era claro que el lado primitivo de un ser humano podía predominar, lo que llevó a una reformulación de la psicología y los efectos de la sociedad sobre el individuo. Por el contrario, la Edad de la Razón se fundamentó en el aspecto mecanicista, en oposición a los platónicos de la época. El racionalismo extremo ocasionó una reacción. En una era obsesionada por el perfeccionamiento de las máquinas, los problemas psicológicos no se comprendían.

La psique del individuo fue examinada en el momento en el que surgió la conciencia social. A fines del siglo XIX había varias escuelas de psicología basadas en un enfoque fisiológico o de la conducta. De este proceso de investigación científica surgió Freud, quien abrió el mundo del inconsciente, el cual dejo pasar la conciencia influyendo en el individuo sin que éste se percate.

Su contribución a la psicología occidental fue enorme. No sólo volvió a descubrir aquello de lo que habían hablado las escuelas esotéricas durante siglos, sino que empezó a sistematizar la mente de manera científica, aunque enfrentó la resistencia de algunos colegas; Jung, el más joven de ellos, que había elaborado sus propios puntos de vista sobre la psique, adoptó la postura platónica en oposición al método aristotélico de Freud.

Jung observó que si bien la psique tenía impulsos primitivos también era influida por los niveles superiores del inconsciente. Consideraba la psique como un organismo; su estructura y dinámica no eran resultado de la experiencia sino que estaba conformada por un todo ya existente al nacer. Rechazaba la visión de la psique como un rompecabezas y la pauta de desarrollo por etapas en la que los elementos autónomos luchan por la supremacía.

La neurosis y la psicosis eran vistas como facciones opuestas a la unidad esencial de la psique. Ésta es la visión platónica, la cual coincide con el punto de vista de la Kabbalah y con la mayoría de las demás tradiciones espirituales.

La coincidencia principal entre Jung y Freud era la división de la psique en consciente e inconsciente, aunque aplicaban denominaciones un tanto distintas. Por ejemplo, el súperego de Freud era el inconsciente personal para Jung, el id de Freud fue visto por algunos junguianos como el inconsciente colectivo.

Freud llamó a su método psicoanálisis y Jung, psicología analítica. En Kabbalah, algunos conocen el estudio de la psique como “bajar en la carroza” y otros como “subir en la carroza”. Sin embargo, lo importante es reconocer que hay una zona superior y otra inferior, la división entre consciente e inconsciente, algo reconocido por ambos.

Sólo que Jung fue más allá al subdividir el inconsciente en un nivel individual y otro cósmico. Igual que Freud, Jung definió la conciencia como la parte de la psique que es evidentemente accesible. Creía en la posible existencia previa al nacimiento, evidente en sus observaciones sobre la vida después de la muerte y su creencia en un gran designio. Se ha dicho que Freud consideró a Dios como una proyección paternal y procuró eliminar de su obra todos los elementos ocultos, en tanto que Jung abiertamente se interesaba en esta dimensión.

El esquema general junguiano tiene mucho en común con el esquema psicológico kabbalístico, el cual toma en cuenta el origen de todos los seres humanos y su composición divina espiritual y física. En realidad, gran parte de la obra de Jung se basó en años de estudio de diversas tradiciones esotéricas. Aunque Jung conocía la Kabbalah, igual que Freud, quien era de origen judío, ninguno de los dos relacionó este sistema preciso directamente con su trabajo, ya que la Kabbalah estaba desacreditada en su época. Hoy en día, la Kabbalah vuelve a estar en vías de ser un sistema aceptable para estudiar la existencia y la psique humana.

Una Compañera de la facultad me paso este documento me gusto y quise compartirlo con ustedes.

viernes, 9 de octubre de 2009

El instinto y la vida instintiva


El instinto es una disposición psicofísica innata, heredada, que incita al sujeto a actuar de una determinada forma frente a un estímulo o un objeto.

Toda conducta instintiva, en el reino animal, debe reunir, al menos, las siguientes características:
A) Ser innata: Es decir, no precisar de un aprendizaje previo.
B) Ser fijada: Esto es, tener lugar siguiendo pautas de comportamiento invariables y fijas.
C) Ser específica: Que ocurre siempre ante determinados estímulos internos o externos.
D) Tener un sentido de supervivencia para el sujeto o sus allegados.

La conducta animal se desarrolla básicamente en función de los instintos, de forma automática y sin que el sujeto tenga conciencia de ello.
En la conducta humana persisten un gran número de patrones instintivos, aunque, por su capacidad de racionalización, gran parte de la vida instintiva del ser humano ha sufrido un proceso de complejidad, mezclándose auténticos instintos con conductas voluntarias.

Generalmente, en el ser humano el impulso instintivo pasa por el filtro de la razón, por lo que, voluntariamente, es capaz de modificar, anular o reprimir la conducta instintiva. Esto es fácil de observar si comparamos la actitud de un niño pequeño con la de un adulto: el primero se moverá siguiendo únicamente sus apetencias, sin control, mientras que el segundo valorará sí es o no el momento adecuado para satisfacerlas. Pero este control es fruto de un aprendizaje y una educación que, en cierto modo, regulan los instintos. Es decir, se aprende a controlar los instintos, pero no la conducta instintiva en sí, que es innata.

Según la complejidad y desarrollo intelectual del ser humano, podemos clasificar los instintos de la siguiente manera:
A) Instintos vitales. Son los más primarios y comunes entre seres humanos y animales. Tienen por finalidad la conservación de la existencia del sujeto, de su familia o de su especie. Son los llamados instintos de supervivencia, que velan por el sustento y mantenimiento de la vida, al igual que evitan la destrucción o la muerte.

Entre ellos destacan:
1. Instinto de nutrición, que determina una serie de pautas de comportamiento dirigidas a la obtención de alimento y agua. Se pone en marcha por el estímulo interno del hambre o la sed, y en función de las necesidades corporales. Según el desarrollo en la escala evolutiva del animal, la conducta nutritiva será proporcionalmente más compleja: desde un simple acercamiento a la comida (como ocurre con el gusano) a la más compleja técnica de caza de una manada de lobos.
2. Instinto sexual, que está encaminado a la conservación de la especie. Impulsa, por la atracción erótica, el acoplamiento entre ambos géneros, con fines procreativos.
3. Instinto de lucha y huida, dirigidos a la protección de la integridad física frente a la agresión externa.
4. Instinto de guarida y búsqueda de calor, cuyo fin es protegerse de las inclemencias climáticas. Clara manifestación de este instinto son las migraciones de las aves.

B) Instintos de placer. Son un poco más complejos y selectivos que los anteriores. Son ya más típicos del ser humano, aunque algunos animales, los más evolucionados, pueden poseerlos también en sus patrones de conducta. Tienen como finalidad el proporcionar placer y aumentar el bienestar individual.
Generalmente, consisten en una selección y refinamiento de los instintos vitales. Así, en la nutrición, el ser humano elige determinados alimentos buscando más el placer que satisfacer su apetito. Igualmente, al beber, incluye los néctares como complemento del agua para aliviar la sed. No se conforma con un refugio, sino que busca comodidades en su hogar. La sexualidad llega a desligarse de los fines procreativos para encaminarse hacia la relación placentera. E incluso añade consumos superfluos e innecesarios, como el tabaco, el alcohol y las drogas, con el único fin de estimular sus sentidos.

C) Instintos sociales. Incitan al individuo a la formación de colectividades y a situarse dentro de las mismas con un cierto rango. Entre los instintos sociales destacan: la necesidad de compañía, de prestigio, de poder y de propiedad.

D) Instintos culturales. Más propios del ser humano culto y civilizado. Entre ellos destacamos la ambición de saber, las inclinaciones artísticas, la investigación, las tendencias filosóficas y religiosas, etc.
Así, si en los animales los instintos constituyen el motor de su vida, en el ser humano éstos pasan a un segundo plano, situándose tras los actos voluntarios y conscientes.