jueves, 3 de febrero de 2011

Miedo al ridículo


El temor a que los demás nos juzguen mal, se burlen de nosotros o nos tomen por tontos, no sólo resulta infundado, ya que la mayoría de las veces sólo está en nuestra mente, sino que además puede limitar seriamente nuestra existencia y paralizar lo mejor de nosotros: lo que surge naturalmente de nuestro interior.
Unos tienen temores a hablar con acento, otros a encontrase con gente diferente, preparada intelectualmente, o de otro nivel social, etc.

¿Qué van a pensar de mí? ¿Y si lo que voy a sugerir no tiene sentido? ¿Qué haré, donde me voy a situar, si mis ideas sólo generan risas?
Estas preguntas y este diálogo interior son habituales en quienes viven acomplejados, por el miedo al ridículo: un temor a que se rían de nosotros o a hacer algo fuera de lugar delante de los demás, lo cual genera ansiedad y dificulta las relaciones sociales.

Además de un creciente malestar, la limitación o prohibición auto-impuesta de hacer, decir o proponer cosas que puedan resultar cómicas o inadecuadas para la mentalidad de los demás, termina por cortar las alas a nuestra creatividad y espontaneidad, y en muchos casos nos obliga a renunciar a ser auténticos, a ser nosotros mismos, con nuestros defectos y virtudes.

Por eso hay que aprender a reírse de uno mismo y los demás: En la calle, los restaurante, micros, tren, la oficina, hay que fijarse en las cosas graciosas y ridículas que hace la gente que nos rodea, lo cual también es un buen antídoto contra el sentimiento de ridículo, porque todo el mundo protagoniza situaciones cómicas y extremadamente extrañas.

En lugar de sufrir un atascamiento del tráfico, hay que observar cómo los conductores se meten el dedo en la nariz, fuman como enloquecidos, gesticulan de manera extraña, hablan a los gritos con su teléfono móvil. También podemos observarnos a nosotros mismos: si nos disociamos y vemos desde fuera, podemos llegar a reírnos de situaciones que antes nos agobiaban.

El mundo sigue su curso. Todo pasa y se olvida rápidamente. La mayoría de la gente vive inmersa en su propio mundo, vida y preocupaciones, y sólo fugazmente se fija en los de los demás, retornado pronto a su propia realidad. Así que quién va a ocuparse y preocuparse por nuestras peripecias.

Lo verdaderamente ridículo, o en todo caso triste y lamentable, es vivir obsesionado por la opinión de los demás, o que nos preocupe más nuestra imagen o lo que piensan de nosotros, que lo que en realidad somos y sentimos. Hay que aprender a vivir con naturalidad y disfrutar de la vida con las personas que nos rodean.

2 comentarios:

gallega dijo...

ESTA TODO MARAVILLOSAMENTE EXPLICADO!!!

tomson dijo...

Besitos amiga!!!!