jueves, 20 de enero de 2011

Quitarnos las mascaras


En las vacaciones descansamos del estrés, del tráfico y del trabajo, pero los quiero invitar a descansar y quitarnos para siempre las mascaras.

A veces nos ponemos mascaras para sentirnos aceptados. Tenemos varias de ellas: la del trabajo, la de papá responsable o mamá permisiva, la de persona culta, la de las fiestas, la de los funerales y muchas más. Todas son producto de nuestra cultura, de la etiqueta preestablecida y de nuestra propia red de defensa psicológica.

Disciplinamos nuestro cuerpo y cara para esconderse tras esas rígidas mascaras y así ocultamos al ser humano. Las mascaras nos dan seguridad y nos resistimos a quitárnoslas aun cuando sentimos que seria bueno hacerlo. Protegidos por ellas, podemos vivir en una permanente soledad emocional; llena de secretos, de temor a ser descubiertos, a ser rechazados, juzgados, condenados o a hacer el ridículo.

Lo que quizás no hemos descubierto es la sensación de libertad, de levedad y de autenticidad interior que podemos obtener si nos atrevemos a quitárnosla. Si lo hacemos, lograremos proyectar el atractivo que tiene una persona que se muestra tal como es, que abre su corazón y que expresa sus emociones sin temor a ser juzgada.

Cuando revelamos ante los otros nuestro verdadero yo, se reduce la tensión que proviene de querer parecer alguien que no somos. Surge, por ende, el carisma. Además, el hecho de abrirnos genera el lazo que mantiene unida una amistad verdadera.

A veces dejamos caer la mascara sin darnos cuenta: cuando estamos frente a los niños, a la gente que trabaja con nosotros o con alguien con quien tenemos una relación íntima. También cuando estamos cansados o deprimidos, o cuando algo nos apasiona, nos olvidamos de ella porque nos cuesta trabajo mantenerla puesta.

Observe las caras de las personas que están comprando en una shopping en un día de liquidación. Vea la cara de quien este embebido en un libro, de quien baila sintiendo la música, de un deportista en una competencia, de las personas que se juntan para ayudarse unas a otras y de los asistentes a una boda o a un funeral. Entonces veremos caras verdaderas.

¿Por que tenemos tanto miedo a mostrarnos? Abrir nuestro interior a la luz del día, por supuesto, es difícil. Si nos vamos a conocer, tenemos que estar dispuestos a compartir los miedos, enojos, que parecen disminuirme como persona. Y eso nos aterra.

Sin embargo, si nos aislamos, guardando nuestros secretos y nuestras emociones, sucede una extraña sensación interna que con el tiempo se convierte en una mochila muy pesada y eventualmente nos destruye.

Según el psicólogo John Powell, tenemos miedo a bajar la mascara por varias razones: miedo a la intimidad, miedo a la separación, miedo a la fusión, miedo al rechazo y miedo a la responsabilidad.

Nos da miedo la intimidad; Miedo a mostrar nuestro lado vulnerable, el lado oscuro. Por lo tanto, evitamos comunicarnos íntimamente.A otros les da miedo la separación. No quiero acercarme mucho a ti porque, quizá, después me dejes y eso me puede lastimar.Otros tememos la fusión. Si comparto todo con la otra persona pierdo mi intimidad, pierdo mi espacio, miedo a hacer invadido.

Miedo al rechazo; Que la otra persona nos conozca sin producción, a cara lavada, con defectos y virtudes, tal cual somos, nos angustia no ser del agrado de la otra persona.

Por último, existe el miedo a la responsabilidad. Si me acerco mucho, me involucro a fondo, y eso me obliga a estar cuando me necesites. No estoy dispuesto al compromiso.Con estos miedos, disfrazamos nuestro verdadero yo.
Disfrazamos uno de nuestros más fuertes y grandes atractivos: el encanto natural de uno mismo.

El secreto para evitar la soledad emocional y lograr la aceptación de los demás, paradójicamente, está en quitarnos las máscaras, de esta manera asumimos los riesgos y nos mostramos tal como somos, auténticos.

Cada vez que me pongo una máscara, lo hago para tapar mi realidad fingiendo ser lo que no soy.

Lo hago para atraer a la gente; luego descubro que sólo atraigo a otros enmascarados y alejo a los demás, debido a un estorbo: la máscara.

Cada vez que me pongo una máscara lo hago para evitar que la gente vea mis debilidades, luego descubro que como no ven mi humanidad; y al no ver lo que soy: sólo ven a la máscara.

Cada vez que me pongo una máscara lo hago para preservar mis amistades; luego descubro que cuando pierdo un amigo por no haber sido auténtico, es que realmente no era amigo mío, sino de la máscara.

Cada vez que me pongo una máscara lo hago para evitar ofender a alguien y ser diplomático; luego descubro que aquello que ofende a las personas con quien quiero intimar, es la máscara.

Cada vez que me pongo una máscara lo hago convencido que es lo mejor que puedo hacer para ser amado, luego descubro la gran paradoja… Lo que más deseo lograr con mi máscara, es precisamente lo que impido con ella.

(El autor de este texto es Gilbert Brenson)

2 comentarios:

gallega dijo...

MUCHOS LA USAN, EN REALIDAD, TODOS EN ALGUNA MANERA ESCONDEMOS NUESTRA PERSONALIDAD, ANTE ALGUIEN "NUEVO" DE AMISTAD, AMOR, LO QUE SEA, PERO ESO SE VA,POR LO MENOS EN MI CSO

tomson dijo...

Hola Galleguita!! Hay quienes no se sacan nunca la careta, mueren con las botas puestas.
Besos buen fin de semana!!