domingo, 15 de mayo de 2011

Comportamiento compulsivo

El impulso de la reflexión El comportamiento impulsivo acarrea más perjuicios que ventajas, por lo que la reflexión es una alternativa aconsejable.


Si nos detenemos a observar en medio de un inmenso atasco con interminables colas y retrasos. Desde nuestro automóvil o de peatón observamos a los demás conductores y vemos que algunos lo afrontan con tranquilidad. Otros, en cambio, expresan con gritos, agitando sus brazos, otros maldiciendo su tensión, tocan la bocina de forma compulsiva o cambian de carril una y otra vez en un vano intento de salir del enredo. ¿Qué determina que unos esperen y los otros se desesperen?

La impulsividad.
Las personas impulsivas sufren una alta tensión emocional ante situaciones cotidianas como la descrita y su umbral de tolerancia es menor respecto al resto de la población. En lugar de reflexionar, pasan de forma inmediata a la acción, incluso cuando son capaces de prever algún perjuicio contra sí mismos o contra los demás. Por ello se dice que alguien se comporta de manera impulsiva cuando responde o actúa sin reflexión ni prudencia, dejándose llevar por la impresión del momento.

La cólera

Este comportamiento es aún más exagerado cuando la situación se vive como una provocación. La emoción que emerge entonces es la cólera y el sujeto impulsivo tiende a actuar con agresividad. Aunque puede obtener beneficios a muy corto plazo, un cambio de la situación, cierta sensación de control y la disminución de la tensión fisiológica tras el arrebato, esta inadecuada expresión de sentimientos negativos se materializa en consecuencias muy dañinas a medio y largo plazo: sentimiento de culpa por los daños causados, baja autoestima por no haber sido capaz de autocontrolarse, pérdida de confianza del entorno, con la etiqueta de agresivo y problemático, para siempre y potenciales problemas legales.

Hay cuatro clases esenciales de provocación que pueden desencadenar nuestra indignación y propiciar una reacción impulsiva. Todas ellas se pueden ilustrar con un sinfín de ejemplos:
La frustración: Por ejemplo, Salir mal en un examen, ir a una entrevista de trabajo y no quedar citada, etc.


Sucesos irritantes: como extraviar un documento importante, no poder dormir a causa del ruido o estar atrapado en una protesta callejera.


Sentirse provocado: por un comentario irónico de un compañero de trabajo o por un coche que se nos adelanta de manera inadecuada.


La falta de corrección: de la pareja que relata un aspecto privado de la relación en una cena de amigos o la supuesta injusticia de una multa.


La angustia

Muy diferente a la reacción impulsiva de las personas coléricas es la de la mayoría de niños, adolescentes y adultos con Trastorno por Déficit de Atención con o sin Hiperactividad. Cuando se enfrentan a un problema ante el que han fracasado antes, la dolorosa emoción que aparece es la angustia. Ante su conciencia de ser incapaces de abordar el problema con éxito, intentan reducir el tiempo de incertidumbre y se precipitan en su propuesta de solución. Es la impaciencia la que retroalimenta el problema: si no hay reflexión, la posibilidad de errar aumenta y, con ella, la conciencia de incapacidad que dispara la angustia y le lleva a responder de manera impulsiva. Las consecuencias negativas de su impulsividad se centran en la continua pérdida de autoestima y en la injusta imagen social que genera: a pesar de ser individuos con capacidades en general superiores a la media, su dificultad para estructurar la información, aplicar métodos de resolución y darse tiempo para todo ello, les lleva a parecer menos capaces que los demás.

Impulsividad funcional

Un tercer grupo de sujetos impulsivos lo componen aquellos que manifiestan una impulsividad funcional. Su característica principal es que sólo toman decisiones rápidas y no meditadas en aquellos casos en que hacerlo de esta manera les aporta algún tipo de beneficio. Es característico en personas creativas, dedicadas al arte, al deporte o a los negocios y seguras de sí mismas, que asumen cierto nivel de riesgo y con un alto nivel de actividad y de audacia.

Por último, y en el extremo opuesto, están aquellos sujetos en los que la impulsividad agresiva se ha convertido en una reacción incontrolable, cuyos factores estresantes no justifican la intensidad de su violencia o de los daños que pueden causar a terceros. A estos sujetos, incapaces de distinguir las situaciones donde la impulsividad es contraproducente, se les diagnostica un Trastorno Explosivo Intermitente.

Actuar o no actuar

Frente a las personas reflexivas, las impulsivas muestran menos ansiedad por cometer errores, porque no se dan tiempo para analizar y prever y todas sus acciones están orientadas hacia el éxito rápido más que a evitar el fracaso. Es evidente que su rendimiento es bajo y muestran menor motivación por tareas que implican un aprendizaje. El hecho de que ante situaciones similares reaccionen con el mismo patrón de respuesta sugiere que han automatizado sus reacciones, lo que impide el desarrollo de tres pasos básicos en el proceso de toma de decisiones, en especial cuando se enfrentan a situaciones percibidas como peligrosas y se acelera el factor tiempo:

Hay que atender a los siguientes indicadores para determinar que un sujeto puede tener problemas en el control de sus impulsos siempre que experimenten más de cuatro de estos ítems:
Busca experiencias excitantes y arriesgadas.

Muestra una baja tolerancia a la frustración y al aburrimiento.

Actúa antes de pensar con independencia de la situación-problema.

Es desorganizado y casi nunca planifica actividades.

Es muy olvidadizo y/o llega tarde por falta de previsión.

Cambia de una actividad a otra con mucha frecuencia.

Se muestra incapaz de guardar su turno para hablar en aquellas situaciones grupales en las que se necesita paciencia.

Requiere de mucha supervisión para evitar problemas.

Tiene problemas por actuar de forma inapropiada.

Es muy creativo, aunque muchas de sus propuestas son claras que necesitan ser pulidos.