martes, 10 de mayo de 2011

Miedos ocultos

Aprender a iluminar miedos ocultos.
La mayoría de las personas alguna vez sintió temor por quedarse a oscuras. Según la psicología evolutiva esto sucede en la infancia, en una de las etapas del desarrollo. De todos modos, en muchos casos puede perdurar hasta la adultez como una expresión de inseguridad y de desconfianza.

La oscuridad exterior evoca la propia oscuridad interior. Por ello, el miedo a la oscuridad es un temor muy común de personas inseguras y desconfiadas. Esta es la metáfora más apropiada para dar cuenta de las zonas temidas y, por ende, no indagadas de nuestro propio inconsciente. Con lo cual, como suele suceder en psicología, el miedo hacia algo exterior es, en verdad, la expresión de un temor interior.


Por ello, cuando se encuentran a oscuras, este tipo de personalidades se sienten invadidas por miedos que consideran desconocidos.
Tanto a nivel psíquico como físico, el miedo activa el sistema defensivo. Por un lado, el psiquismo reacciona intentando mantener reprimido todo elemento asociado con la situación temida. Por otro, el organismo físico pone en alerta su sistema de defensa, y lo prepara para mantenerse vivo. Este comportamiento se manifiesta a través de la huída o el ataque. La huída no necesariamente se refiere a la evasión de un lugar oscuro, también puede ser un escape interno mediante el cual la persona se traslada a un mundo de fantasía bloqueando capacidades como crear, pensar, hablar, entre otras.


Es muy común escuchar que los niños tienen miedo a la oscuridad. Psicológicamente es normal ya que este tipo de temor es característico de una etapa evolutiva del psiquismo humano necesaria para la constitución de la psiquis. Los terrores nocturnos, el miedo a la oscuridad, a quedarse solo y a los extraños, entre otros, son algunos indicadores naturales del proceso evolutivo, por ello, en el caso de los niños, no debería ser una preocupación.
Ahora, si estas manifestaciones naturales de la evolución del psiquismo se mantienen o resurgen más allá de la infancia, hay algo en el proceso normal que no se está consolidando adecuadamente.


Desde el punto de vista evolutivo, esta afección nos habla de un psiquismo que lidia con su inconsciente y sus pulsiones en psicoanálisis se denomina de este modo a la energía psíquica profunda que orienta el comportamiento hacia un fin y se descarga al conseguirlo.


En el caso de los niños y su organismo joven no es nada fácil asimilarlo, por ello, al procesarlo, puede verse desbordado. Ante la sobrecarga energética, el miedo como respuesta denota una incapacidad para resolver todo aquello que se teme, a nuestros fantasmas del inconsciente (todo esto dentro de un contexto psicoanalítico).


Cuando el miedo persiste, debemos indagar clínicamente su significado psíquico y elaborarlo con ayuda profesional, es decir, se debe realizar un trabajo terapéutico de comprensión y elaboración acerca de lo temido, de aquello que aún permanece en la oscuridad de nuestro interior.


El miedo es una emoción natural del ser humano que surge como respuesta para la supervivencia. Cuando el comportamiento asociado al miedo toma una dimensión exagerada frente a las conductas que permiten el cotidiano vivir restringiendo la libertad, podemos hablar de un comportamiento “emocionalmente enfermo”.


Para ayudar a quienes padecen este tipo de temores, es necesario hacerlos entender que éstos no se irán por arte de magia. Deben enfrentarlos, aunque eso implique luchar contra traumas del pasado o con miedos muy internos, arraigados y difíciles de reconocer.

Si el miedo a la oscuridad permanece por más tiempo del esperado o de lo normal, lo mas apropiado es realizar una consulta a un profesional psicológo o psiquiatra. Podría tratarse de solo una fobia pasajera y resolverlo en lo inmediato o bien, ser parte de un complejo comportamiento psicopatológico. Pedir ayuda y atravesar el miedo acompañado es de vital importancia para superarlo.